
Lo reconozco, me tengo prohibido hablar aquí de Fe, pero es que hoy es un día especial. Es miércoles santo y los días santos están ya a la vuelta de la esquina. Lo sabemos en Zaragoh2no!za porque las procesiones nos cortan el centro y el autobús da más vueltas que un pato mareado en un garaje. Pero la semana santa no es eso. Conozco a multitud de cofrades que no sienten para nada a Jesús de Nazaret ni jamás han hecho suya la opción por los pobres que predicó, ni siquiera van a misa como los buenos cristianos que echando la limosna en el cepillo se sienten amados por un Dios que no les pide otra cosa.
Hoy, decía, es miércoles santo y mañana ya se celebra la última cena, ese gran momento en el que las enseñanzas de Jesús se hicieron realidad. Y hay quienes todavía hoy, dos mil y pico años después, las tenemos como referencia y nos sentimos parte de esa comunidad que nos hacemos llamar cristianos. Y miramos a la Iglesia con amor, con el amor que se mira a un igual, con sus imperfecciones, y la queremos, pero a la vez la vemos como algo muy anticuado, alejado de la realidad y lleno de jerifaltes perdidos en el dogma. Nos comprometemos con nuestras realidades pequeñas, con nuestras parroquias, con nuestros movimientos, con nuestros barrios y, de vez en cuando, nos juntamos para celebrar. Y mañana es uno de esos días en los que los que nos llamamos cristianos vamos a celebrar juntos nuestras propias realidades, nuestras propias batallas en la construcción del Reino y nuestras utopías. Y lo haremos teniendo presente a ese Jesús de Nazaret, amigo de los borrachos, de las prostitutas, de los fariseos,... Tendremos presente a un Jesús de Nazaret que hoy sería amigo de los inmigrantes, de los yonquis, de los homosexuales, lesbianas y transexuales, de los pobres, de los discapacitados, de los débiles, de los que no tienen que comer, de los gitanos que todavía viven en infraviviendas, de los jóvenes que viven en casas de 30 metros y sufren la precariedad laboral, de los que han perdido el rumbo. La lista se hace interminable...
¿Dónde están Blázquez, Rouco o Ratzinger cuando estamos con los amigos de Jesús con los que día a día compartimos nuestras vidas? ¿Están lo demasiado ocupados para mantener una estructura de poder que nos impide trabajar día a día con los últimos, reduciendo los problemas sociales a actitudes personales, criminalizando el amor de las personas del mismo sexo o incluso preocupándose de negociar el porcentaje del IRPF que dedicarán a mantener su estómago lleno? Lo siento, pero esta no es mi Iglesia. Mi Iglesia es la que estará mañana, reunida, alrededor del pan y del vino, escuchando la Palabra, orando de la mano y compartiendo la esperanza que nos trajo un tío que el César, el Poder se cargó en la cruz por defender a los últimos. Todo lo demás me sobra.