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Rincón Olvidado

Cala Verde, suburbio de París

Cala Verde, suburbio de París

Leí el domingo en El País un artículo sobre la situación de la banlieue parisina , de los suburbios, aquellos que hace escasos nueve meses explotaron pidiendo la igualdad de oportunidades de sus ciudadanos, independientemente de su origen étnico. Cuando aquello sucedió, multitud de sociólogos, politólogos y visionarios varios de tertulia radiofónica nocturna, comentaban que todavía era pronto para ver este tipo de cosas en el Estado español, principalmente, porque lo que ahora estamos viviendo es la primera toma de contacto con la problemática que supone la llegada de personas inmigradas a este lado del estrecho. En el Estado francés, la cosa es radicalmente diferente. No son los inmigrantes los que hicieron estallar los suburbios de París, sino sus hijos e incluso sus nietos, quienes se han visto inmersos en una espiral de pobreza y exclusión, aunque sean reconocidos legalmente como ciudadanos franceses con plenos derechos.

Ayer llovió, hubo tormenta y fui a la universidad. Y como todos los días que voy a la universidad, me tomo el viaje con tiempo. Empalmo desde San José la 23 con la 42 en el Parque de la Paz. No sólo por pura vagancia, por aprovechar el bono-hora y por refugiarme de la acuciante a la par que rara lluvia de Zaragoza, sino también porque me gusta ver desde el cristal del autobús la vida del Barrio de la Paz. Me gustan sus calles estrechas, sus casas pequeñas, sus niños que forman un precioso arco iris de todos los colores y en general, la vida que puebla el barrio.

Y de pronto, en una marquesina, junto a Cala Verde, aparecieron tres chavales, de unos 16 años, que saltaron el cercado del Parque y se sentaron en la marquesina, hablando en árabe. Los miré, y miré a quienes esperaban conmigo el autobús. Sus rostros eran de sorpresa, quizá de inquietud, no dejaban de mirarlos, y ellos seguían ahí, hablando en alto en árabe. Imposible seguir la conversación, desde luego, pero por sus gestos, pensé que no distaba mucho de cualquier otra persona de su edad. Lo confirmé cuando pasaron tres chiquillas, de su misma edad, y uno de ellos les gritó ¡Qué guapa! ¡Qué bella! Me llamó la atención que no pronunciase bella, sino belha, arrastrando la ele.

Llegó el autobús y se subieron. Me dejaron pasar antes porque estuve más tiempo esperando. Les di las gracias y uno de ellos me sonrió. Me senté al fondo y ellos se sentaron junto a mi. No dejé de observarles en ningún momento, quizá por esa manía que tengo de ser un aprendiz de sociólogo cualquiera, intentando confirmar mi teoría de que eran jóvenes como los demás, sin ninguna otra distición que el color y el idioma. Y así fue, sacaron un móvil, se rieron con los vídeos y, a punto de atravesar el Puente de Torrero sobre el Canal, uno de ellos empezó a cantar con su acento árabe... ¡una canción de Camarón!

Pensé entonces en el artículo que leí el domingo, en el modelo inmigratorio francés que había hechos aguas y no me llevé las manos a la cabeza porque estaba en el autobús, con ellos delante. Si el único contacto que estos chavales han tenido con la cultura de aquí ha sido Camarón, si la gente les mira mal, esconde sus bolsos y se aleja de ellos, poco vamos a hacer. Así vamos camino de quedarnos con la música y el cous-cous, de acercarnos irremediablemente cada vez más a la banlieue, suburbio de París.

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1 comentario

wajillas -

que razon tienes, la verdad es que hay muxa senofobia, sobre todo con la gente que es mayor. Pero tambien tenemos que entender, que la gente mayor se asusta de los cambios, de lo "nuevo", tienen una visión de las cosas, y es muy dificil que cambien. Por parte de nuestra generación, tendremos mas respeto a esta gente, aunque si las cosas van mal ... mas de uno les tachara de culpables. Pero bueno, cada uno ya es responsable de sus hechos y actuaciones. xau!
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